Nada de Fundamentalismo

Lo primero es decir que no tengo nada de fundamentalista. Salgo así al paso de quienes recientemente se han referido en prensa y radio a mi ‘lucha contra el alcohol’. Nada más lejos: no tengo el menor problema con el asunto del alcohol para los demás, incluso me encanta servir copitas. Lo único es que cuando la gente ya ha entrado en otra onda y se lo está pasando pipa, ahí estoy sobrando y prefiero dejarles a su bola en esa situación en la que tantas veces he estado, y no es que me retire por estar echando de menos algo. No. Recuerdo ferias de Sevilla con Fanta hasta las seis de la mañana.

No estoy, pues, en contra de la producción ni estoy en contra del consumo del alcohol ni de ninguna otra sustancia, legal o ilegal (que ese es otro debate en el que aquí no pienso entrar por razones obvias de obviedad: de ninguna manera admito la ecuación de legal siempre igual a bueno: la pena de muerte es legal en muchos lugares, y no precisamente en los más ‘atrasados’ del planeta sino en los ‘avanzadísimos’ Estados Unidos; Hitler era legalísimo..., y así un largo etcétera como se suele decir), ni de ninguna otra sustancia de las que abundan en el mercado, sea negro o blanco. Ni aunque tuviese yo el poder omnímodo de un dictador, incurriría en la torpeza de prohibir lo que es improhibible casi por naturaleza, es decir aquello que de cualquier forma, en cualquier lugar, bajo cualquier circunstancia, va a seguir siendo requerido por la sociedad como lo ha sido desde tiempo inmemorial. Porque inmediatamente ese servicio va a ser asumido por las mafias del mercado negro, es decir lo que se dice a tiros, y entonces sí que estamos arreglados. No hay otra forma de controlar ese negocio que tenerlo controlado, es decir regulado, es decir. Basten dos ejemplos para ilustrar esto: recordemos la que se formó con la famosa Ley Seca de mediados de siglo XX en los Estados Unidos

Otros casos podrían citarse como ejemplos de actividades desgraciadamente, o no, requeridas por la especie humana: el juego sería uno de ellos, y, cómo no, el antiquísimo oficio de la prostitución. Por más vueltas que le demos a este asunto, si queremos de una vez por todas acabar con la explotación que supone (y me estoy refiriendo a la prostitución ‘por cuenta ajena’, no a la prostituta digamos autónoma que ejerce por libre, que esa sabrá muy bien lo que hace con su cuerpo), la única manera es tener controlado por el Estado ese negocio que de todos modos va a existir.

Otro caso que ilustra de forma casi chistosa (si no ocultara el drama que oculta), de puro absurda, es el negocio de la heroína en países como Afganistán. Se sabe que la amapola adormidera tiene dos cosechas, por lo que durante los largos años de la última guerra, había treguas, dos veces al año se hacía alto el fuego a fin de poder recolectar la planta y satisfacer así la ingente demanda mundial de opio y derivados, como morfina, heroína...

La explicación es bien sencilla. Y es que, al estilo de las sociedades puritanas propias del capitalismo feroz que rige el mundo cada día con más fuerza, resulta más cómodo, más hasta democrático, más presentable y más políticamente correcto, el ocultar hipócritamente esas basuras como si no existieran, antes que ocuparse de la cultura que viniese a sustituir por otras esa necesidad de evasión fácil, superficial y pésimamente entendida.

Continuará.

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